La ternura que se animó a desobedecer

Abortos en territorios de disciplinamientos

Si la culpa fue pedagogía, la ternura será revolución.

Hay escenas que no se olvidan. No porque sean excepcionales, sino porque se repiten en silencio: una adolescente que no se anima a decir que quiere interrumpir un embarazo. Sabe lo que puede pasar si lo confiesa: miradas que pesan, preguntas que duelen, palabras que hieren. Así opera el castigo que nos enseñaron, incluso antes de que alguien lo nombre o pregunte “¿por qué no te cuidaste?”.

Ese temor no es casual: es parte de una enseñanza cultural que comienza en la infancia. Una educación tácita sobre qué cuerpos merecen cuidado y cuáles merecen culpa; sobre quién puede decidir sin pedir permiso y quién debe aceptar la obediencia como destino. No existe manual, pero existe método. Se aprende en el cuerpo, en los silencios, en las advertencias, en los sermones, en los rumores, en los chistes, en las puertas cerradas. Ahí nace lo que entendemos como punitivismo: un sistema social que sostiene que salirse del mandato tiene consecuencias, incluso cuando nadie lo diga en voz alta. No sanciona solamente lo que se hace, sino lo que se desea, lo que se piensa y lo que se siente.

El punitivismo no es sólo la creencia en que toda falta requiere sanción, sino un orden social que organiza la vida desde la amenaza del castigo. No opera únicamente a través de leyes o sentencias, se despliega en normas que moldean conductas y restringen deseos. Funciona como pedagogía emocional: primero produce temor, luego obediencia, finalmente resignación. Su triunfo no sólo se mide en castigos aplicados, sino en deseos autocensurados. Por eso es eficaz aun cuando no se pronuncia ni se ejecuta formalmente.

Lo que parece una escena aislada es, en realidad, una lección socialmente repetida. Para entender cómo opera, basta mirar una historia posible: la de Valentina.

Valentina tiene 16 años y hace un año está de novia con Juan, su primer amor, la primera experiencia donde el cuerpo comenzó a explorar lo propio y lo desconocido. Nunca recibió Educación Sexual Integral en la escuela y en su familia, fuertemente religiosa, aprendió que la intimidad sólo es legítima dentro del matrimonio y que ser madre es parte del destino, no una elección. Su mamá trabaja en el hogar y su papá consigue empleos temporales. En su casa, la vida diaria no deja espacio para preguntas que puedan incomodar.

Ahora está frente a una situación que no esperaba y que no sabe cómo nombrar. Atraviesa un embarazo no buscado, en un contexto donde la información, el deseo y la palabra no son derechos garantizados. La pregunta que le da vueltas no es médica, es emocional:

“¿Con quién puedo hablar sin sentirme una carga, una decepción o un motivo de vergüenza?”.

En su vida está Ana, compañera de escuela y usuaria de silla de ruedas, con quien comparte charlas que a veces abren ventanas nuevas. Ana le cuenta que le gustan algunas chicas, y aunque a Valentina eso le despierta ternura y curiosidad, también le aparece el miedo sobre lo diferente. No porque lo considere malo, sino porque fue educada para creer que decir lo que desea en voz alta puede traer consecuencias. Sin embargo, Ana habita su propio deseo con honestidad, aun sabiendo que la escuela no suele ser un lugar amable con quienes no encajan en la norma. Nadie le enseñó cómo hacerlo, pero lo hace.

Valentina siente muchas contradicciones. Si decide continuar con el embarazo, su adolescencia quedaría en suspenso o tal vez se perdería; si decide abortar, aparece el miedo a perder vínculos, pertenencia o afecto. Ninguna vida debería construirse sobre el miedo, pero los mandatos no siempre gritan: a veces se disfrazan de destino y se cuelan en la imaginación.

Cuando aparece la posibilidad de abortar, la discusión no solo es sobre el cuerpo, sino también sobre la moral, el miedo y el permiso social. Valentina no teme a lo que pueda suceder físicamente, sino a lo que puedan decir quienes la rodean.

El punitivismo se institucionaliza cuando se vuelve modo de operar de escuelas que silencian, iglesias que moralizan, servicios de salud que evalúan, tribunales que sospechan y medios que estigmatizan. No es una suma de actores aislados, sino una trama cultural donde cada institución refuerza la idea de que el deseo debe justificarse y la decisión explicarse. La maquinaria funciona cuando quien pregunta se siente culpable por hacerlo.

Esto también aparece retratado en Belén, una película argentina del 2025 dirigida por Dolores Fonzi que narra, desde la ficción basada en un caso real, cómo una joven de la conservadora provincia de Tucumán llega a un hospital por un fuerte dolor abdominal por un aborto espontáneo en curso y se convierte en señalada. Su cuerpo pasa a ser analizado no sólo desde lo clínico sino desde lo moral. La película expone algo que trasciende a una persona: muestra cómo ciertas instituciones pueden transformarse en lugares de control y vigilancia, sobre todo cuando se trata de personas jóvenes, pobres, feminizadas o fuera de la norma social.

En este escenario, no alcanza con revisar solo lo legal para hablar de punitivismo, necesitamos interrogar la trama que produce el temor a decidir. La antropóloga feminista Rita Segato describe este fenómeno como pedagogía de la crueldad: una forma de enseñanza social donde el disciplinamiento no siempre aparece en forma de sanción explícita, sino como advertencia que moldea deseos, expectativas y horizontes posibles. En otras palabras, se aprende a no imaginar, a no nombrar y a no elegir, mucho antes de enfrentar una decisión concreta.

El mundo social ayuda a fijar ese temor mediante frases cotidianas que parecen inofensivas, pero que funcionan como recordatorios del mandato:

“¿Ya pensaste en tener hijos?”, “Para cuándo la familia”, “La verdadera felicidad está en ser madre».

Se pronuncian como conversación, pero operan como borradores de alternativas. En esa lógica, quienes se apartan del guión son leídes como rebeldes. Y la rebeldía, se castiga.

Valentina teme porque su mamá le aseguró que quienes interrumpen un embarazo “van al infierno”; porque su papá dice que “es peligroso”; porque cuando ve marchas con pañuelos verdes escucha que “son locas”. En ese clima, el aborto no es sólo regulado en términos jurídicos: lo es también en términos afectivos y morales. Interrumpir el embarazo implica desafiar un orden emocional donde el deseo de no maternar se asocia a falta, egoísmo o insensibilidad. La persona que aborta es retratada como figura moralmente cuestionable.

Lo que llamamos punitivismo no es únicamente la respuesta estatal o judicial ante una conducta, sino una manera de pensar el mundo donde el castigo y la culpa funcionan como herramientas para ordenar comportamientos, disciplinar cuerpos y moldear el futuro. Se castiga, se anticipa el castigo o se teme el castigo, aun cuando nadie lo haya pronunciado claramente.

Frente a esa maquinaria de culpa, miedo y silenciamiento, hay experiencias que abren otros caminos posibles.

Y entonces: si el castigo se aprende en el cuerpo, ¿cómo lo desaprendemos colectivamente? Controlar el aborto no es sólo controlar una práctica, es administrar quién tiene derecho a futuros elegidos. Como toda tecnología de gobierno sobre los cuerpos (especialmente los feminizados, racializados, jóvenes o empobrecidos) el punitivismo opera como filtro de legitimidad: ¿quién merece seguir estudiando?, ¿quién puede explorar su sexualidad sin castigo?, ¿quién puede maternar o no maternar sin ser señalada?. En ese sentido, es parte de una política de reproducción social y moral: decidir quién puede imaginar alternativas y quién debe aceptar su destino.

Una respuesta posible aparece cuando Valentina encuentra, casi como quien encuentra aire, una red feminista que acompaña abortos desde la escucha y no desde el prejuicio. Allí descubre que su palabra no es pecado, su deseo no es delito y su decisión no es más ni menos que de ella. Que preguntar no la vuelve culpable, y que nombrar lo que siente no la expone: la libera.

Con esta red se da cuenta que donde antes sólo había mandato, aparece conversación; donde había miedo, aparece información; donde había incertidumbre, aparece calma; donde había soledad, aparece lo colectivo. En esas redes, los cuerpos dejan de ser problema y vuelven a ser casa.

Valentina, cuando finalmente pudo decir en voz alta que quería abortar, entendió que el problema nunca había sido su deseo, sino el silencio que la rodeaba. Y en ese gesto íntimo (y político) recuperó algo que le habían intentado quitar: el derecho a elegir sobre su propio cuerpo y su propia vida.

La historia real que inspiró la película Belén también encontró sostén en esos entramados feministas: no sólo logró recuperar la libertad y su vida fuera del señalamiento institucional, sino que su nombre se transformó en símbolo, consigna y semilla de lucha. La fuerza de esa movilización no radicó únicamente en denunciar la injusticia, sino en construir otra forma de cuidado posible: sin culpa, sin castigo, sin obediencia obligada.

Las redes feministas que acompañan abortos hacen más que garantizar accesos a derechos, ensanchan mundos, ligan lazos a vidas mas vivibles y deseadas. En cada diálogo, se interrumpe una cadena histórica de silencios; en cada abrazo, se quiebra una pedagogía del miedo; en cada decisión acompañada, se desafía la arquitectura del castigo.

Por eso, acompañar es un acto profundamente político. Porque devuelve poder a quienes quisieron disciplinar y construye posibilidad de decisión donde sólo había culpa.

En ese sentido, la ternura (tan desacreditada en los lenguajes del poder) se vuelve estrategia, ética y trinchera. Una ternura que no es complaciente ni ingenua, sino insumisa y profundamente reparadora: capaz de cuidarnos sin tutelar, capaz de crear mientras desarma.

Desarmar el punitivismo exige construir otras formas de aprender y vincularnos: una contra-pedagogía del cuidado y de los afectos, donde la palabra circule sin miedo, el error no sea delito, el deseo no sea prueba de mérito y la duda no sea interpretada como falta. La ternura no reemplaza la justicia, la redefine desde la dignidad y no desde el castigo.

En la práctica de los acompañamientos existe una ética, la de transformar el miedo en decisión, la vergüenza en pregunta y el silencio en red. Allí, donde el Estado, la familia o las instituciones dejan huecos, los feminismos tejen sostén.

Desde ahí, el activismo se vuelve una práctica de ternura radical: transformar la injusticia y los mandatos en organización y en lucha. Los acompañamientos a abortar son prácticas de justicia.


* Este texto se compuso por Red Compañera

* Biografías:

Daniela Cardano – Argentina

Periodista y comunicadora feminista. Desde 2018 forma parte de Socorro Rosa Tres Arroyos – Socorristas en Red (feministas y transfeministas que abortamos) acompañando abortos. Apuesta a transformar narrativas, abrir conversación pública y construir mirada crítica desde la escritura, atravesada por una mirada feminista y comunitaria, donde los afectos, el cuerpo y la política se entrelazan con la vida cotidiana.

Noelia Aguilar Moriena – Argentina

Comunicadora feminista y educadora popular. Acompañante de abortos e integrante de

de la Colectiva Transfeminista Aguafiestas y de Socorristas en Red (feministas y transfeministas que abortamos).

Juliana Montoya – Argentina

Acompañante de abortos e integrante de la colectiva feminista La Revuelta Gran Buenos Aires y Socorristas en Red (feministas y transfeministas que abortamos). Psicóloga y amante de la música.

Lucía Genovese Arrúe – Argentina

Docente y activista feminista. Profesora de Psicología y Profesora de Educación Especial. Apasionada de la fotografía y la comunicación, en pos de construir otros mundos posibles.

Acompañante de abortos e integrante de Bahía Rosa y de Socorristas en Red (feministas y transfeministas que abortamos).

Nico Sessak (elle) – Brasil

Activista por el derecho al aborto en Brasil. Trabajadore social y mestre en Psicología Social por la Universidade Federal do Espírito Santo (UFES).